LA MESA QUE VIVÍA EN UN PASILLO


Quiero montar mi mesa.

Lo digo ahora para que quede por escrito y calcular, en tiempo real -y con real, quiero decír
físico, que no sé si me explico- cuánto puedo llegar a tardar en hacer algo que me propongo firmemente.

Porque la mesa, aunque tú no lo supieras, lleva en el pasillo, dentro de su caja todavía sin desembalar, al menos un mes. No sé cuánto exactamente, pero creo que todavía llevaba chaquetilla de lana cuando la compré. Y todavía ni la he mirado. No digamos pensado en montarla.
Que no es que sea vaga -que también-, es que tengo el espacio que debiera ocupar La Mesa montada por otra mesa -La Mesa Vieja, que algún día acabaré de restaurarla-. Y el espacio en el que debería poner La Mesa Vieja lo tengo ocupado con las baldosas que sobraron de hacer la reforma del piso. ¿Cuántas baldosas sobraron, mujer? MUCHAS. Y cuando digo MUCHAS quiero decir que, apiladas en cuatro montones, cada uno de los montones es más alto que yo. Imagina el espacio que ocupa. Y lo que pesa. Una barbaridad. Vamos, que la cadena de ocupar espacio acaba ahí, porque las baldosas no las puedo tirar -primero porque me costaron un riñón en el mercado negro y segundo porque SON MÍAS, MIS TESOROS y son tan a mi manera que sé que si no almaceno las que sobraron y algún día se rompe una baldosa tendré que cambiar todo el suelo. Y por ahí no paso, no. Este suelo no se cambia hasta que yo tenga bisnietos, como poco-.
Así que ahi está todo, estático -y feo-. La Mesa Vieja donde no debería estar, La Mesa Nueva -sobre la que debería estar escribiendo, en vez de tener el portátil en una silla- abandonada en el pasillo y las baldosas ocupando.
Si alguien se siente altruista y tiene ganas de venir a trasladarme las baldosas a Su Lugar -que tienen uno, pero es que no puedo con ellas; ni siquiera con una de ellas, no-, que libremente se ofrezca que yo aceptaré encantada. A no ser que sea un psicópata; entonces preferiría que se quedara en su casa, que bastante tengo ya con lo mio.


En otro orden de cosas: necesito unas gafas nuevas. No es que no me gusten mis gafas de la marca del osito, cof; es que no veo con ellas. Y la idea de cambiarles el cristal solo me parece repulsiva. Como si tienes un bebé y en lugar de cambiarle el pañal, cambias sólo la partequepega. Así de asqueroso.
Quiero unas gafas de montura al aire, porque creo que he entrado en esa etapa de la vida en la que debería empezar a aparentar mi propia edad.

VALE, lo admito, todo esto viene porque la señora del pueblo me dijo que si había acabado el cole. No, no llama cole a todo; me preguntaba si yo había pasado del colegio al instituto. O, como mucho -sus palabras, no las mías- del instituto de los chicos al instituto de los grandes. Quiero decir, no es que me moleste, pero tengo veinticuatro años. Camino galopante de los veinticinco -que, desde ya te digo, serán los veinticuatromásuno hasta que pase el año-. Y creo que es momento de hacer el intento al menos de aparentarlos. (Y porque si en el pueblo me dan un chupachups más, empezaré a pensar que son todos una panda de degenerados pederastas que merecen la muerte a garrote).
Así que eso, que quiero unas gafas. Y Multiopticas me tima como quiere, asi que he decidido cambiar de empresa de gafas, para que no se acostumbren y crear pánico y desconfianza a mi entrada en cualquier gafólogo. ¡Ja!
Ahora, ¿qué empresa de gafas me conviene? Porque quiero unas gafas con las que pueda ver, pero también que no tenga que prostituirme para comprarlas.

En fin. Que no sé en qué acabará esto.


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